Monólogo

Abril: el incendio que todavía no se apaga»

Abril: el incendio que todavía no se apaga

Manifestantes trasladan a las víctimas de la represión durante las protestas de 2018. Foto: Cortesía

4to Mono

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Tres años después del inicio de la Rebelión de Abril, el dolor por los muertos, exiliados y presos políticos sigue presente. Pero también están los que creen que abril no pudo, ni podrá, que persisten en el error porque abril aun no ha terminado, es un incendio que todavía no se apaga.

En abril de 2018 el fuego que arrasaba con la Reserva Indio Maíz fue el preámbulo de otro incendio, cuya magnitud todavía desconocemos. Todos sabemos cómo empezó. Reformas a la Seguridad Social, Camino de Oriente, protestas en León y Masaya, son palabras que nunca podremos separar de determinadas imágenes. Y así, cada año por estas fechas las penas vuelven, como en un efecto dominó. Porque abril es un mes que aun no termina, un incendio que todavía no se apaga.

En abril de 2018 yo tenía 25 años y nunca había escuchado un balazo. Ahora con frecuencia regreso a esas noches en las que escuchaba las ráfagas de balas. Un ruido incesante, crudo, que se expandía nítido en medio del silencio nocturno.

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También vuelvo a aquellas tardes en que los proyectiles silbaban por las esquinas de Masaya; y al tableteo que tan nerviosa ponía a mi mamá. “Esas son las cañas huecas”, decía mi papá.

Con los meses supe como se llamaban esas “cañas huecas”: AK 47, Dragunov, ametralladoras PKM, M-16, Remington 700, Jericho 941, Mossberg 500. Del otro lado, el arsenal del pueblo tenía nombres menos pomposos: morteros y bombas hechos en patios y piedras recogidas en el camino.

Incredulidad, miedo y baño de sangre

A nivel personal relaciono abril con un sentimiento profundo de incredulidad, e incluso de negación. Las frases “no lo puedo creer” o “no puede ser” no salen de mi cerebro desde hace tres años.

En 2019 un amigo escritor me dijo que quería leer mi relato sobre lo que habíamos vivido en Masaya. Al escucharlo una idea rondó mi mente: ¿Cómo puedo escribir sobre algo que todavía no puedo creer que sucedió? Y es que abril muchos lo vivimos casi en piloto automático, en mi caso por temor a que la incertidumbre y la angustia terminaran por enloquecerme.

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En abril cada día se encendían más llamas y se extinguían más vidas. Darwin Manuel Urbina, Richard Pavón Bermúdez, Álvaro Conrado Dávila, Ángel Gahona. Yo siempre tuve la esperanza de que el último asesinado iba a ser de verdad el último. Pero la lista de nombres propios siguió aumentando. El baño de sangre no se detuvo: al menos 328 muertos, según la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH).

Tres años más tarde es inevitable pensar en los padres y en los hijos de los asesinados. Y es peor cuando uno mira a esos padres o a esos hijos. Quien sea vecino o se encuentre de vez en cuando con alguno de ellos sabrá de lo que hablo.

Yo sigo sin poder ver a los ojos a los dos hijos de Marcelo Mayorga. Un niño y un adolescente que vieron imágenes y videos de su padre tirado en una calle de Masaya con un balazo en la cabeza; y a su madre gritando para que alguien la ayudara a levantar el cuerpo. Caminar por ese lugar me sigue erizando la piel.

Memorias de dolor frescas de nuevo

Con el paso del tiempo, las sensaciones eran de inutilidad y cobardía. “No estoy haciendo nada para ayudar”, “tengo miedo, por eso estoy aquí encerrada en casa, mientras los valientes están en las calles”, mi propia voz me martillaba por dentro.

En mi familia se volvía a pronunciar la palabra “guerra” con el mismo terror que cuarenta años atrás. Afuera, las calles ardían, mataban a chavalos desarmados, se alzaban las banderas azul y blanco y se gritaba con toda convicción: ¡de que se van, se van!

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Los muertos cada vez dolían más. A Teyler Lorío ─al igual que a Marcelo─ lo mataron de un balazo en la cabeza mientras iba en brazos de su padre, era un bebé de tan solo 14 meses.

En el barrio Carlos Marx de Managua, una familia entera, con dos niños pequeños incluidos, fue quemada viva. Gerald Vázquez murió desangrado en la Parroquia Divina Misericordia, a la vista de sus compañeros de trincheras de la UNAN Managua, luego de horas y horas de un ataque armado.

Tres años han pasado, pero ahí están. Los padres de Teyler sin su niño. La casona del Carlos Marx en pie como un lugar fantasma. Las marcas de los proyectiles en los muros del templo católico. Esas memorias de dolor frescas de nuevo en estas fechas.

Tres años después en mi mente están los exiliados en Costa Rica, Panamá, Estados Unidos, España, Argentina que no saben cuándo van a poder volver a sus casas. También están quienes vieron morir a sus compañeros junto a sus ganas de cambio y, además de tener que enfrentar traumas y pesadillas, fueron amenazados y perseguidos hasta que decidieron suicidarse. Están los presos políticos y sus familias que siguen sufriendo.

También están los que hablan de unidad sin unirse. Pero principalmente, están los que creen que abril no pudo, ni podrá. Que equivocados están. Que poco conocen a los nicaragüenses. Porque si de algo estoy segura es de que abril aun no ha terminado. Abril es un incendio que todavía no se apaga.

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