Monólogo

De héroes a villanos, del somocismo al orteguismo»

De héroes a villanos, del somocismo al orteguismo

Foto: Oswaldo Rivas

Eliseo Núñez

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Te atreverías a ponerte en los zapatos del parapolicía que mató universitarios, del encapuchado que entró a punta de ráfagas a tu barrio para "limpiarlo" de los tranques. El autor hace el ejercicio para entender qué los mueve

Pertenezco a una generación que hoy tenemos entre entre 50 y 75 años, unos fuimos guerrilleros en los años 60 o 70, otros fuimos soldados del Ejército Popular Sandinista (EPS) que derrotamos al somocismo. El partido es mi vida, entregue mi juventud a un sueño y hoy quiero creer que ese sueño sigue vigente, mis años gloriosos fueron los 80; había dos mundos el socialista y el capitalista, los héroes y los villanos.

Yo pertenecía al mundo socialista, donde gritaba a más no poder contra las injusticias del capitalismo y estaba seguro de que construiríamos ese mundo donde ya no hubiese pobreza.

El totalitarismo era solo el medio para contener a los reaccionarios que se negaban a ceder sus privilegios para que surgiera la sociedad igualitaria. Los 24 millones de asesinatos de Stalin, los 20 mil cubanos enviados al paredón, los 10 mil somocistas “ajusticiados” y más, eran los dolores de parto del nacimiento del mundo donde todos seriamos felices.

Los que me adversaban eran financiados por Estados Unidos, el perverso padre capitalista; los contras no eran nicaragüenses, no eran campesinos, eran mercenarios, los reclamos de la población eran resabios del capitalismo y consumismo, mi mundo era ese donde solo mi partido y yo teníamos, y aún tenemos, la razón; donde el que se opone es porque se niega a ser feliz o no sabe que con lo que mi partido y yo estamos haciendo lo será.

Mi mundo se derrumba

De pronto, a finales de los 80 y comienzos de los 90 este mundo se me derrumba, se cae ante mis ojos, lloro y pataleo. ¿Por qué los alemanes botaron tan hermoso muro que los mantenía protegidos de la amenaza capitalista? ¿Por qué Yeltsin entra sobre un tanque a la Duma rusa donde estaba el último bastión de la dignidad obrera hecha estado soviético? ¿Por qué todo el mundo socialista se derrumba y prefieren la libertad que la felicidad?

Y lo peor ¿por qué mi pueblo en Nicaragua vota en contra del ideal sandinista socialista? ¿por qué de pronto siento que mi mundo se derrumba y no lo poder recuperar? Esas y muchas más preguntas sin respuestas claras hacen que sienta que mi vida se me va y mis glorias quedan enterradas bajo la propaganda capitalista.

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Es 1990 cuando empiezo mi tránsito en este mundo en que el mercado se proclama vencedor, un mundo para el cual no estoy preparado pues todo cambia muy rápido y sin razón aparente.

Y ahí estoy yo, sin glorias ni vítores, señalado por ser parte de esa revolución que estallo en pedazos, un proceso culpado del fracaso económico del país. Comienzan años muy duros, años en que no entenderé por qué la gente prefirió ser libre y trabajar para un patrón capitalista que someterse temporalmente al remedio socialista y perder la libertad a cambio de la igualdad; pudiesen haber vivido bajo la dictadura del proletariado y al menos un paquete de comida tendrían garantizado y ahora prefieren ser esclavos del sueño de prosperar y ser más rico que sus demás hermanos.

El redentor

Me siento abatido, me siento a punto de adaptarme al capitalismo y probar si esos sueños de prosperidad son realizables, pero de pronto nos surge un redentor, el comandante Daniel Ortega está ahí para decirme que mi vida no fue un desperdicio, que gobernaremos desde abajo, que podemos regresar al poder y continuar nuestra revolución, que vamos a lograrlo y así no solo me da esperanzas materiales, sino me da la oportunidad de no negar mi propia existencia.

Regresamos al poder por los errores de la derecha y nos juramos no volver a caer en la trampa de la democracia, en tanto dimos a los capitalistas oportunidades de enriquecerse mientras nosotros reconstruimos el entramado totalitario que nos permitirá regresar al socialismo, no teníamos que hacer mucho más que seguir la receta fondo monetarista y ya, nada creativo. ¿Para qué? si al fin y al cabo es temporal.

Y de pronto en abril, ese abril que no necesita decirse de que año es, nos estalla de nuevo en la cara nuestro proyecto revolucionario, la gente se rebela e irracionalmente pide libertades, esas demandas que me hicieron avergonzarme de mi lucha, esas cosas que solo las demandan pueblos enajenados que no saben que la libertad capitalista es su condena a ser esclavos del consumismo, es una pesadilla.

Nos volverán a mandar al basurero de la historia, las masas sandinistas no aparecen por ningún lado, no hay pueblo apoyando mi revolución, desolado y solo otra vez.

Foto: Oswaldo Rivas

El comandante defiende la revolución

Una vez más el comandante aparece para salvarnos, implacable y sin remordimientos dispara a matar 63, 125, 200… la lista de asesinados sube llega hasta más de 500 y eso porque el comandante fue magnánimo, debieron ser más por atreverse a decirnos que no somos héroes.

Estamos en guerra. Me enfundo en mi viejo camufle y comienzo a dispararle a imaginarios soldados que asesinamos en la realidad sin piedad. Estaban armados hasta los dientes de ansias de libertad y pensamientos democráticos, había que aniquilarlos.

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A los que quedaron vivos los capturamos, los torturamos para que confiesen quién les dio la orden de pensar y ser libres, y los exiliamos. Ahí están y son golpistas, son terroristas, eso lo repetimos a gritos esperando convencernos a nosotros mismos de que sí lo son y tratando de ocultar nuestros miedos a volver a ser los culpables, los olvidados; por eso estamos felices que nuestros azules repriman y continuaran reprimiendo hasta que el pueblo entienda que es por su propio bien; entienda que solo queremos su felicidad.

El comandante se queda y me garantiza que no seré objeto de burlas por un nuevo fracaso, no tendré que bajar la cabeza ante un mundo que no entiendo. Mi comandante me volvió a salvar, por eso no me importa que asesine a muchos más. No me importa que secuestre a miles, ni mucho menos que la economía se caiga a pedazos, pues este pueblo tiene que aprender que no se puede ser ingrato con quien quiere solo su felicidad y yo me voy a dormir tranquilo, ya sin el espanto de que de héroe de la revolución pase a villano, mientras mi comandante se quede eso no sucederá.

Estoy tranquilo

Sí, estoy tranquilo, sigo siendo héroe de la revolución, pero de pronto me invaden otros pensamientos y me atemorizan mucho, un temor que no es físico es del alma y es que me pregunto si podré ver a los ojos a mis hijos y nietos dentro de algunos años cuando me pregunten por qué apoye una masacre, por qué apoye otro dictador, por qué no fui otra vez héroe luchando contra el comandante igual que lo había hecho contra Somoza.

Y enmudeceré porque no tendré respuestas, sabré en ese momento que hice mal y posiblemente será muy tarde para enmendarlo, solo me quedará esperar la muerte con la esperanza que le traiga algo de alivio a mi alma y no estará el comandante para aliviar mi sufrimiento moral.

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Hasta aquí mi ejercicio de ser empático y ponerme en los zapatos de quienes hoy niegan la realidad y han construido un mundo paralelo en sus mentes, un mundo que les justifica su actuar.

En mi ejercicio llegué a la conclusión que los mueve el odio, pero más los mueve el miedo, el miedo a encontrarse consigo mismos y concluir que lo único que han construido es una dictadura peor que la anterior y no tendrán respuestas para las futuras generaciones; no tendrán más camino que resignarse a que sus nombres y memorias desaparezcan con el último suspiro de sus vidas terrenales.

No habrán trascendido, no habrán hecho historia simplemente serán seguidores de otra familia que intento construir una dinastía, simplemente serán los olvidados de la patria, serán quienes tercamente intentaron impedir el amanecer sin éxito.


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