Monólogo

Gabo y Mercedes ya tienen quien les escriba»

Gabo y Mercedes ya tienen quien les escriba

Génesis Hernández Núñez

@gemihenu

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Gabriel García Márquez es ─después de Julio Verne─ mi autor favorito. En definitiva no soy su mejor lectora, de hecho, mi memoria no ha logrado retener cuanto quisiera respecto a sus obras; pero lo admiro tanto que algo me dice que no me voy a morir mientras no haya leído todos sus libros. Los suyos y los que se hayan escrito sobre él.

Es en este apartado donde destaco uno que se publica hoy jueves 20 de mayo y que se ha vuelto mi mayor objeto del deseo: “Gabo y Mercedes: una despedida”, firmado por su hijo mayor Rodrigo García Barcha. De este escrito por supuesto me interesa el qué, pero también el cómo. Rodrigo, nacido en 1959, es cineasta y me pregunto si a través de las páginas podré “leer una película” de sus padres.

Justamente fue eso lo que me empujó a escribir esta columna. Una escena que me tocó el corazón y que es descrita en la nota del diario El País sobre las memorias de Rodrigo: en sus últimos días el genio de Aracataca había perdido la memoria y no reconocía a sus seres queridos, ni su casa, pero todavía podía cantar sus vallenatos favoritos. Hasta el último momento en que estuvo en este mundo, esa cadenciosa música colombiana que tanto escuchó y bailó fue la banda sonora de su vida.

Otro escrito de esta autora: La oposición política nicaragüense me dejó sin palabras»

Puertas adentro del hogar de los García Barcha

Otro aspecto que me parece reseñable de este libro es la fortaleza que hay que tener para escribir sobre los padres. Inclusive si ellos ya no pueden leer el resultado. Y más aún cuando el padre es un personaje reconocido a nivel mundial; y la madre es quien acompañó y blindó la privacidad de la familia con firmeza y decisión.

Por eso solo un hijo podía contar qué había puertas adentro y cómo era el hogar de los García Barcha. Esto es como lo que se decía de Los Beatles: no importan los ríos de tinta que corran contando cada detalle sobre ellos, únicamente John, Paul, Ringo y George saben lo que era ser un Beatle.

Respecto a la necesidad de un autor de dejar un testimonio de su paso por esta tierra, Gabo ya había hecho lo propio. Su autobiografía “Vivir para contarla” ─una obra de la que siempre envidiaré el nombre─ tiene casi seiscientas páginas; y “El olor de la guayaba”, la larga y profunda conversación con su viejo amigo, el escritor y periodista Plinio Apuleyo Mendoza, pese a que no llega a las doscientas páginas, es todo un viaje a su universo interior.

Es más, para conocer de Gabo también está “Yo no vengo a decir un discurso”, que incluye 22 discursos suyos; desde el que ofreció al graduarse de secundaria, hasta el que dio cuando cumplió 80 años.

Hay un texto más que podría agregar a este recuento: "Memorias de mis putas tristes", el libro que publicó en 2004 y que como mala seguidora suya, todavía no he leído. Pero ninguno de esos textos podría adentrarnos en lo que sí se adentra Rodrigo: en el final.

“¿Cuál es el personaje más sorprendente que has conocido?”

Esa es la pregunta con la que cierra “El olor de la guayaba” y la razón más profunda por la que me gustaría leer la obra de Rodrigo García Barcha.

La respuesta que Gabo dio a esa pregunta es la misma razón por la que me obsesioné con los dos últimos párrafos de “Vivir para contarla”, donde habla de la carta que le escribe a una muchacha vestida “con el traje verde de novia sin dueño y el cabello de golondrina incierta”.

Y no puedo obviar que el primogénito de los García Barcha no se haya centrado nada más en su padre. Ahí está la clave. Ese libro relata la historia de alguien que me atrae mucho, quizás un tanto más que el mismísimo Gabo. “¿Cuál es el personaje más sorprendente que has conocido?”, pregunta Plinio Apuleyo Mendoza. “Mercedes, mi esposa”, respondió García Márquez.

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