Monólogo

Nicaragua: "quedarte no te hace más valiente, ni huir es cobardía"»

Nicaragua: "quedarte no te hace más valiente, ni huir es cobardía"

Exiliados nicaragüenses durmiendo en las calles de San José, Costa Rica. Foto: Cortesía

4to Mono

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En las redes sociales muchos critican a los opositores que han optado por el exilio, se hacen señalamientos sin respetar el dolor que estos sienten al estar lejos de sus seres queridos y sin conocer a fondo las razones que los empujaron a tomar esa decisión.

Esta semana en esa realidad paralela llamada Twitter se desarrolló un debate acerca del exilio. Cuando leí los dimes y diretes que surgieron, pensé que eso era lo único que nos faltaba: opinar acerca de lo que otros deben o no hacer para salvar su vida o para vivirla de una manera más digna.

Según la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), desde el inicio de la crisis sociopolítica en abril de 2018, más de 100 mil nicaragüenses se han visto forzados a abandonar el país. Eso significa que hay más de 100 mil historias de exiliados de las cuales, por muy informados que estemos y por muchos familiares y amigos que tengamos en esa situación, conocemos una parte mínima.

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En la otra cara de la moneda, también es imposible conocer las historias de los millones de nicaragüenses que permanecemos en el país. Por eso no quiero quedarme con las pedradas digitales que se han lanzado en Twitter. Porque este es un tema del que se debe conversar más, para que abramos la mente y aprendamos a ver más allá de nuestras propias narices.

A Arnulfo Peralta Solís lo recuerdo de saco y corbata presentando noticias en Canal 2. Él fue uno de los profesionales que salió del país a raíz de 2018. Esta semana compartió dos fotos de los trabajos que ha realizado en Estados Unidos, como albañil y pintor de casas. “Huir de la dictadura significó menosprecio, llanto, depresión, trabajo duro, Y QUÉ? Aquí estoy de pie, con mi frente en alto, nadie me regaló nada. Quedarte no te hace más valiente, ni huir es cobardía; buscar en otro país lo que el tuyo no te ofrece NO ES PECADO”, dice el mensaje que acompaña las imágenes.

Me duelen igual los que se quedan y los que se van al exilio

Para irse o para quedarse hay tantas razones como letras en este texto. Pienso, por ejemplo, en los estudiantes expulsados de las universidades públicas por haber participado en las protestas. En lo duro que debió ser decidir si quedarse en el país bajo asedio, sin la posibilidad de formarse y con la angustia de su familia. O bien, irse a otro país a seguir estudiando, aun en condiciones de precariedad; pero con la tranquilidad de sus seres queridos, porque están lejos, pero no están presos, ni muertos.

O en los chavalos de Monimbó y de Carazo que huyeron a pie y por veredas hacia Costa Rica para que no los mataran o los desaparecieran. Esos mismos chavalos que han dormido en los parques de San José y han aguantado hambre, xenofobia y abusos laborales; y que luego volvieron a Nicaragua a sus salarios de miseria en talleres de zapatería, en los mercados o en las empresas de zonas franca.

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Esos son solo dos ejemplos, pero en general la pregunta es la misma: ¿Acaso no se merecen mejores oportunidades aquí o donde sea? A mí me duelen igual los que están fuera y los que están aquí. Porque en ambos casos las personas sufren a su manera y quién soy yo para invalidar ese dolor o para decirles cómo les debe doler y sugerirles qué hacer con él.

“Antes de cambiar el mundo, da tres vueltas por tu casa”

Hay un proverbio chino ─o al menos adjudicado a los chinos─, que dice “antes de cambiar el mundo, da tres vueltas por tu casa”. Aplicado a nuestro país sería “antes de cambiar Nicaragua, da tres vueltas por tu barrio”. Y lo más recomendable sería que ese barrio fuera uno diferente a Twitter.

Un primer acercamiento podría ser revisar el diagnóstico de los exiliados nicaragüenses en Costa Rica, realizado por la organización Popol Na en agosto de 2020. También ayudaría leer historias de migrantes como las publicadas por ACNUR en su sitio web.

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Cuando hablo con mis familiares o amigos exiliados en Estados Unidos, Costa Rica, Panamá, Argentina o España los escucho o leo con un respeto profundo. El mismo respeto que tengo por cada persona que ─en la medida de lo posible─ sigue alzando su voz dentro del país. O de quienes son opositores pero por salud mental han dejado de lado la lucha.

Y esa es la razón por la no me atrevería a darle ningún un consejo a cualquiera de ellos: por respeto. Porque yo no he caminado ni media cuadra en sus zapatos. Y por eso, cuando me den ganas de abrir la boca, prometo que antes voy a dar por lo menos una vuelta a la manzana de mi casa. Con los ojos y los oídos muy abiertos.

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